23 de febrero de 2009

Crisis y bancos

Retomo el blog para seguir hablando de lo mismo, pero cada vez peor. La crisis aprieta, y los políticos siguen perdidos y adormilados. España y el mundo siguen en caída libre, y pese a que se anuncian medidas a cual más ampulosa, no parece que se estén arreglando las cosas en el mundo real.

El problema más acuciante ahora mismo es la falta de liquidez del mercado. Los consumidores y empresarios no tienen dinero en sus bolsillos, y ahora mismo queda más patente que nunca la diferencia entre patrimonio y liquidez. Se puede tener una gran fortuna, pero si no se tiene en dinero contante y sonante, vendrán los problemas a la hora de cumplir con los pagos, como no se tenga cuidado.


El problema nace con los bancos, que han descubierto que han arriesgado demasiado estos años. Han visto las barbas del vecino pelar ( en USA Lehman Brothers, Merril Lynch, Bear Stearns, Bank of America, Citi, y en Europa Fortis, Royal Bank of Scotland y HBOS... larga lista en la que me dejo actores) y ahora quieren poner las suyas a remojar, reduciendo drásticamente su nivel de riesgo. Y drásticamente significa dejar de dar crédito, sin preguntar ni estudiar, sin preocuparse de si el solicitante es solvente (Nótese la diferencia entre liquidez y solvencia, donde hasta ahora la falta de la segunda resultaba mucho más preocupante que la falta de la primera). Resumiendo, los bancos han comprobado que están metidos en arenas movedizas, y han decidido no moverse para no hundirse más. De hecho, pliegan todas las velas que pueden y dejan de renovar la inmensa mayoría de los créditos que tienen con sus clientes, para "bajar su nivel de exposición".

En este sentido, los banqueros como Botín han llegado a alegar que la cuestión no es que den menos créditos, sino que hay menos solicitudes. De nuevo se juega con las palabras para faltar a la verdad. Estoy de acuerdo en que hay menos solicitudes tramitadas en cada oficina, pero la razón es que las oficinas se niegan siquiera a tramitar las solicitudes. "Ni me lo presentes", "no me pongas en ese compromiso" o "no me dejan presentarlo" son frases que se han convertido en habituales en entidades financieras cuando acude un cliente necesitado.

Con esto, muchas sociedades con un patrimonio de millones de euros y con una solvencia razonable se asfixian económicamente al no poder pagar sus relativamente pequeñas deudas a corto plazo, porque nadie les fía. La consecuencia es que todas reducen sus gastos e inversiones, no por falta de ganas, sino por falta de dinero físico con que pagar, e incluso algunas (cada vez más) se ven obligadas a acudir al juez con su problema, y declararse en concurso.

El efecto dominó continúa cuando una empresa que se las arreglaba para ir tirando, manteniendo su liquidez aún sin colaboración de los bancos, y con las orejeras puestas en ajustar el calendario de pagos y cobros, descubre que otra de sus empresas clientes ha fallado en los pagos. Sin poder evitarlo, el precario equilibrio se rompe, y el castillo de naipes se cae. Una empresa más que tampoco podrá pagar al próximo proveedor, y otro proveedor que se convierte en víctima de la falta de liquidez.

Como estamos hablando de empresas solventes, y muchas con tradición y posición en su nicho, muchos dueños se resisten a creer que no exista una solución para el problema, y echan el órdago. En su incredulidad y desesperación, comprometen sus bienes particulares para conseguir una hipoteca, sin mirar las condiciones del banco, en un intento de continuidad del negocio. A cambio de estirar la agonía de la empresa unos pocos meses, habrán convertido todo su patrimonio en pasto de acreedores en el momento en que ese dinero ya no sea suficiente, y proceda la declaración de concurso.

La situación, para muchos, es desesperada. Y lo más sangrante es que no es justa, en términos económicos. Cuando una empresa justifica su trayectoria sostenida de rentabilidad, no habría razón para justificar la negativa de un crédito. Menos aún cuando la negativa es general, para muchas empresas, especialmente de producción de bienes.

Esto supone un cambio drástico en la economía y una espiral de crisis que se debe frenar ya, por el bien de todos. Cada semana que se retrasa el oxígeno para las compañías supone más declaraciones de concurso, que generan más impagos, que generan más concursos y así ad infinitum.

Hay que tener en cuenta dos factores más en cuanto a este problema. El primero, que, como en la entropía, es mucho más dificil construir algo que destruirlo. La caída de las empresas de hoy no se solucionará con el crédito de mañana. Las empresas que están cayendo han tardado muchos años en ser lo que fueron, y la existencia de dinero dentro de seis meses no restaurará el patrimonio empresarial español ni mundial de ahora. La empresa que actualmente despide 100 empleados, no los volverá a contratar de golpe en cuanto "salgamos de la crisis". Como en carretera, donde el frenazo de un coche, que le hace detenerse apenas unos segundos, puede crear un atasco durante varias horas en la autovía, el frenazo de la economía lo vamos a sufrir durante bastante tiempo.

El segundo, que moralmente se está castigando la actividad empresarial española. Esto tendrá un efecto disuasorio en el futuro. Los ciudadanos percibirán la empresa como una actividad de alto riesgo, y preferirán siempre la alternativa del trabajo por cuenta ajena. Esto hará que, por un lado, toda la economía nacional se resienta y, por otro, la fuerza de negociación de los empresarios que contraten sea mayor aún.

La solución? No esperéis que sea yo quien la de. Pero tiene que pasar por algo de acción inmediata, lo cual resulta tristemente utópico en el panorama actual.

En primer lugar, porque la decisión la tienen que tomar unos políticos que son conscientes del problema, pero no hasta el punto de desprenderse de sus corsés, que es lo que requiere el momento. Siguen empecinados en discusiones, recriminaciones, desacreditaciones y demás farándula. Se preocupan más de la opinión pública que del bienestar público, y así nos va.

Los bancos, por su parte, están agarrotados. Saben que lo que están haciendo no está bien, y que lo van a acabar pagando (no creo que directamente por ningún tipo de sanción, pero sí indirectamente, porque la crisis de la economía es su crisis), pero nadie les echa la bronca, y aguantan mientras pueden, atrincherados cada uno en su castillo, sin voluntad aparente de coordinación, desconfiados el uno del otro.

Y nosotros, los ciudadanos, como cándidos borregos mirando las noticias con resignación, a la espera de que alguno de los directores de nuestro futuro escriba el guión que nos saque de esta debacle.

Qué desidia la de este mundo...



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